Lopatin me mandó un ángel

Nico Muhly, Oneohtrix Point Never y James McVinnie en Union Chapel.

Vamos a ver, ¿cómo os explico que he estado a punto de perderme el concierto de uno de mis artistas favoritos porque me enteré hace una semana de que hacía un bolo en la ciudad en la que vivo? ¿Me convierte eso en un mal fan? ¿Tengo que plantearme si no es suficiente con llevar una camiseta suya en el cumpleaños de mi suegro para ratificar mi devoción? ¿Cuántas veces me tengo que escuchar el Rifts íntegro a modo de castigo? Tengo que decir que no me importa cumplir la penitencia que haga falta. Sarna con gusto y tal… y lo mío con este hombre os prometo que es tan profundo que hasta pienso en su música cuando juego con mi bajo vientre.

El contexto “ver a Oneohtrix Point Never en una iglesia”, meditándolo bien, era el propicio a pesar de mi fobia ocasional a éstas: musicalmente R Plus Seven (Warp Records, 2013) tiene por momentos ese aire así como eclesiástico-espiritual (los órganos, algunas voces corales, sonido limpio y espacioso..), y, además, qué mejor misa a la que acudir que a la de la religión lopatinesca, impartida por el sumo pontífice en su más tangible y absoluta presencia.

“Twitchy Organs” han titulado a este show especial, que encarna una colaboración exclusiva entre el organista James McVinnie, el músico, compositor y arreglista Nico Muhly y el ídolo y puto amo absoluto Daniel Lopatin. Tras unos días haciendo batidas de caza por facebook, acosando a usuarios lastfm y spameando las websites de la promotora y de la sala con el fin de conseguir un preciado pase para la homilía (en lógico estado de Sold Out desde hace días), me levanto este viernes pasado sin recompensa y pegándome un post-it con un “nada que perder” en la frente, fiándolo todo a la posibilidad de conseguir un ticket en la puerta de la iglesia. Mi novia ha tenido un día de mierda y acudo a recogerla al curro, pasamos por casa a dejar los bártulos y a por cerveza y nos piramos a Highbury & Islington con el credo lopatinesco ya incrustado entre los esfínteres, haciéndose grande entre trago y trago de birra (jugándonosla bastante, ya que hacía pocos días (testimoniosssss) un hijo de puta nos había echado del metro tras pasar los tornos con una lata abierta, pero bueno.. la birra es la birra, aunque me haga cometer la insensatez de poner en juego el perderme un bolo).
Llegamos a la Union Chapel dos horas antes del bolo. Cinco individuos contados, todos con su ticket; con lo cuál, first mission accomplished: somos los primeros frikis sin ticket de la cola, iuju!. A eso de las siete, se abre uno de los portones de la iglesia y uno de los miembros del staff nos retira a un lado invitándonos educadamente a que esperemos mientras va pasando la gente con ticket. Ya está… un ingrediente más para estirar mi angustia: a cada nuevo individuo que entra se me va un pedacito más de esperanza. Hasta que llega ELLA (no sé tu nombre pero nunca te olvidaré), con dos tickets en su mano; los miro y desprenden un fulgor como luminoso, blanquecino; la miro a ella y tiene un halo rodeándole la…. na! gilipolleces.. el caso es que, sin mediar palabra, los atrapado con agilidad felina….. bueno, mentira también: la chica se dirige a nosotros al ser los primeros de la cola “mendigatickets”, nos los ofrece, y (ahora sí), después de darle las gracias, los empuño en pose a lo Link del Zelda cuando consigue un ítem de los gordos (sí, os juro que sonó la musiquilla y todo).

Ticket Union Chapel Daniel Lopatin

Gracias a la puntualidad de nuestro ángel salvador, me da tiempo a las 3 cosas esenciales de antes de todo bolo importante que se precie: (1) pasarme por la mesa del merchandising, (2) ir al baño y (3) conseguir buen sitio. Había incertidumbre sobre el contenido del show, no sabía si la cosa iría de una improvisación a tres bandas o de traslaciones al directo de material de los artistas. Salgo de dudas rápidamente al poco de empezar el asunto cuando detecto los rasgos de Boring Angel. Daniel Lopatin en medio, en el altar, su lugar, semioculto tras un maletín lleno de cacharros. A un costado Nico Muhly, con dos sintetizadores tochos y pedalería y keyboards chiquititos esparcidos por el suelo. Y detrás, James McVinnie, escondido tras el enorme órgano. A la derecha un buen ramillete de velones encendidos y la máquina de humo creando un ambiente de brumas espirituales atravesadas por luces azules y rojas. Línea argumental y actos claramente diferenciados para que los tres artistas tengan su momento de lucimiento individual. Sin duda los mejores instantes son en los que los tres se coordinan y tocan simultáneamente; instantes en los que, para mi grata sorpresa, los temas del último de OPN cobran todo el protagonismo de la ceremonia (salvo en un par de contadas ocasiones). A la ya mencionada Boring Angel, se le suman (en diferentes tramos del show) Still Life, Along, Cyro y mi momento erección de la noche: una Chrome Country deconstruida que, no por a medias irreconocible, sonó menos esplendorosa, alcanzando su punto álgido en las armonías del órgano que cierran el R Plus Seven, ejecutadas por McVinnie en un in crescendo que se convirtió en la rúbrica perfecta del bolo, y certificando ya de paso el amor eterno que ya le prometí a Lopatin en su día.
Acaba el concierto y…. no, tranquilidad y buenos alimentos, no voy a emplear los tópicos asquerosillos esos de “concierto para el recuerdo”, o “tardaré en olvidar lo de esta noche”. Así que como no sé cómo rubricar el artículo y me apetece echarme a la siesta, solamente una cosa: Hala Madrid señores!!